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Libertad para Julian Assange

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Julian Assange: Las imágenes de la vergüenza

En 2010 Julian Assange y su web de filtraciones WikiLeaks está en la cumbre de su fama. El motivo de esta notoriedad es que el hacker, ha mostrado la brutalidad y vulneración de las leyes internacionales en estas guerras absurdas de USA contra Irak y Afganistán. Ha mostrado al mundo algo totalmente intolerable en democracia.

“Asesinato Colateral” fue un video filtrado el 5 de abril de 2010 que convirtió a WikiLeaks en el objeto de todas las miradas.

En éste vídeo se ve el ataque aéreo en Bagdad de un helicóptero norteamericano
de combate sobre 12 iraquíes y 2 periodistas de Reuters desarmados, que son brutalmente asesinados. Este vídeo de inteligencia militar, junto a muchos otros cables de las guerras de Afganistán e Irak, llegaron a WikiLeaks gracias a la ex soldado Manning.

Durante una visita a Suecia, Assange mantuvo relaciones con 2 mujeres. Las mujeres hablaron entre sí y fueron a la policía. Querían que Assange se realizara pruebas médicas para descartar enfermedades de transmisión sexual. Después de que una jueza dictaminara que no había ningún indicio de violación, dejó ir a Assange. Tiempo después, la fiscal Marianne Ny, reabre inexplicablemente el caso por cargos de violación y pide su extradición a Suecia.

Tras recurrir esta injusticia y agotar las posibilidades, Assange hace un movimiento inesperado. Se refugia en la embajada de Ecuador en Londres. Comienza su vida recluido en 30 metros cuadrados. Todo ello después de que el entonces presidente de Ecuador, Rafael Correa, le concediera el asilo diplomático.

Julian Assange: Traición, Chantaje y la C.I.A.

Durante su estancia en la embajada, se encargó a la empresa española de seguridad Undercover Global S.L. la vigilancia y protección de la embajada. Instalaron cámaras CCTV para vigilar cualquier intento de intrusión.

Después de que el periódico ELPAIS publicara los vídeos y audios con los que traficó David Morales, dueño de la compañía, todo se precipitó hacia el escándalo. Reuniones con sus abogados, vida privada y reuniones con colaboradores y ciber activistas que entraban allí.

Undercover Global se volvió contra Assange al final de su estancia vigilándole, no protegiéndolo. Haciendo informes detallados de las personas con las que se reunía, a qué hora, su estado de ánimo, sus gestos. Estos son algunos ejemplos:

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Undercover Global S.L. con dirección en Calle Cerrajería (pq. Empresarial Oeste), 5, Jerez de la Frontera, 11408 , Cadiz, le vendió. Primero entregó los vídeos de Assange a Ecuador y después, como se desprende de la visita a Estados Unidos de su dueño y muchos artículos de la prensa de investigación española, entregó los vídeos y audios de la vida de Julian Assange a la C.I.A.
David Morales, el dueño de la compañía, fue el principal responsable de esta violación de la privacidad de la vida de Julian Assange y fue investigado por un juzgado de la Audiencia Nacional por estos hechos.

Además del espionaje al que fue sometido Assange por la empresa que debía protegerle, también fue víctima de un intento de extorsión.

En una reunión en el hotel Reina Victoria de Madrid entre un editor y un abogado de WikiLeaks con Martín Santos y otras dos personas, los extorsionadores fueron grabados intentando vender a WikiLeaks imágenes, vídeos y documentos personales de Assange por 3 millones de euros, de los dos últimos años de su estancia en la Embajada. También, como se escucha en el audio grabado, aseguran, poseer audios de la embajada. Se hacían llamar “Agencia6”, una agencia de noticias falsa.

Se trata de una red española de extorsión que ya había actuado antes, de la que un periodista y un informático ya ha sido detenidos y puestos en libertad como si nada.

Julian Assange: La primera víctima de la guerra es siempre la verdad

En un mensaje de vídeo en su cuenta de Twitter, el nuevo presidente del gobierno de Ecuador, Lenín Moreno, harto de las acusaciones de inferencia, en las elecciones de EEUU, entre Julian Assange y Rusia, además de su trabajo para el movimiento independentista catalán, revocó su asilo diplomático. Pidió a la policía londinense la expulsión de su embajada de un aparentemente desmejorado y desamparado Julian Assange. Imágenes que causaron mucho daño a sus seguidores y entorno más cercano.

Así llegó a un injusto juicio en Westminster, donde se leyó una carta de Julian Assange, leída por su abogado antes de su veredicto:

“Hice en su momento lo que consideré mejor y quizá lo único que podía hacer, con la esperanza de que pudiera alcanzarse un acuerdo legal entre los Gobiernos de Ecuador y Suecia que me protegiera de mis peores temores. Lamento el camino que decidí tomar”

La jueza Deborah Taylor, sin miramiento alguno por su carta, le impuso la pena máxima para su delito. Dijo que había obstruido de todas las formas la justicia al refugiarse en la embajada de Ecuador y que evitó su extradición a Suecia tras agotar todas sus opciones de apelación legales. Incluso tuvo en cuenta los gastos que había costado a los contribuyentes su reclusión.

Como resultado, Taylor, le impuso una pena de 50 semanas en una prisión británica. Casi un año en una prisión que ha resultado ser de máxima seguridad y que al parecer es el “Guantánamo” inglés.

“Usted abusó de su posición privilegiada para burlarse de la ley, y exhibió internacionalmente su desprecio por la ley de este país”

Ahora EEUU quiere su extradición, lo que constituye su situación más injusta. Después de los 7 años que Assange permaneció en la embajada ecuatoriana y su tiempo en el centro de alta seguridad de Belmarsh, corre además el riesgo de daños psicológicos permanentes.

Las condiciones de la prisión son inhumanas, y en este momento es un foco de expansión de la COVID-19. Julian Assange se encuentra en serio peligro allí. Motivo por el cuál debería ser liberado ahora.

En esta carta de Stella Moris, la compañera y abogada de Assange y madre de sus dos hijos a los medios de comunicación, explica su situación y pide la liberación del ciber activista:

La vida de mi compañero, Julian Assange, corre grave peligro. Se encuentra recluido en la cárcel de Belmarsh, y el coronavirus se está propagando entre sus muros. Julian y yo tenemos dos hijos. Desde que soy madre, he reflexionado sobre mi propia infancia.

Mis padres son europeos, pero cuando era pequeña vivía en Botsuana, a ocho kilómetros de la frontera con la Sudáfrica del apartheid. Los padres de muchos de mis amigos procedían del otro lado de aquella frontera. Eran escritores, pintores y objetores de conciencia. Vivíamos en un centro de creatividad artística e intercambio intelectual.

Los libros de historia describen el apartheid como una segregación institucional, pero era mucho más que eso. La segregación se practicaba a plena luz del día. Los secuestros, la tortura y los asesinatos sucedían por la noche.

Los fundamentos del sistema del apartheid eran precarios, y por eso el régimen respondía a las ideas de reforma política con munición real. En junio de 1985, los escuadrones de la muerte sudafricanos cruzaron la frontera armados con ametralladoras, morteros y granadas. Apenas estallaron los disparos en la noche, mis padres me envolvieron en una manta. Yo dormía mientras ellos conducían a toda velocidad para ponernos a salvo. El sonido de las explosiones llegó a toda la capital en la hora y media que tardaron en matar a 12 personas.

El primer muerto fue un pintor excepcional, amigo íntimo de mi familia. Sudáfrica afirmó que el objetivo de la incursión había sido el brazo armado del Congreso Nacional Africano, pero en realidad la mayoría de las víctimas fueron civiles inocentes y niños asesinados mientras dormían en su cama. Al cabo de unos días nos fuimos de Botsuana.

Yo he absorbido los vívidos recuerdos del ataque que guardaban mis padres. Si aquella terrible noche influyó en mi manera de ver el mundo, con toda seguridad el encarcelamiento del padre de mis hijos marcará la suya.

Formar una familia con Julian dadas las circunstancias iba a ser inevitablemente difícil, pero nuestras esperanzas eclipsaban nuestros temores. Al principio, Julian y yo logramos con esfuerzo abrirnos un espacio para la vida privada. Nuestro hijo mayor lo visitaba con la ayuda de un amigo. Pero cuando Gabriel tenía seis meses, un empleado de la empresa de seguridad privada de la Embajada me confesó que le habían ordenado que robase el ADN del niño utilizando un pañal. Si eso fallaba, cogerían el chupete del bebé. El confidente me advirtió de que sería mejor que Gabriel no volviese a entrar en la Embajada. No era seguro. Me di cuenta de que todas las precauciones que había tomado, desde ponerme capas de ropa para disimular mi barriga hasta cambiarme de nombre, no iban a protegernos. Estábamos totalmente expuestos. Aquellas fuerzas operaban en un vacío legal y ético que nos engullía.

Podría escribir varios libros sobre lo que sucedió en los meses siguientes. Cuando estaba embarazada de Max, la presión y el acoso se habían hecho intolerables, y temía que mi embarazo peligrase. A los seis meses de gestación, Julian y yo decidimos que tenía que dejar de ir a la Embajada. Cuando volví a verlo estaba en la cárcel de Belmarsh.

La imagen de cómo sacaban a Julian de la Embajada conmocionó a mucha gente. Para mí fue como un golpe en el pecho, pero no me sorprendió. Lo que ocurrió aquella mañana fue una prolongación de lo que había estado pasando dentro de la sede diplomática a lo largo de 18 meses.

Tras la detención de Julian hace un año, el Tribunal Supremo español abrió una investigación a la empresa de seguridad encargada del interior de la Embajada. Se presentaron varios delatores e informaron a la policía de las acciones ilegales cometidas contra Julian y sus abogados tanto dentro como fuera de las instalaciones. Estas personas están cooperando con las fuerzas del orden y han proporcionado numerosos datos a los investigadores. Las indagaciones han revelado que la empresa trabajaba para una compañía estadounidense estrechamente relacionada con el actual Gobierno de aquel país y sus servicios secretos, y que las instrucciones cada vez más intimidatorias, como la de seguir a mi madre o la orden de robar el ADN de mi hijo, habían venido de su cliente estadounidense, y no de Ecuador. Más o menos en la misma época en la que fui informada de que nuestro hijo estaba en el punto de mira, la empresa urdía planes aún más siniestros relacionados con la vida de Julian. En los trámites de extradición del Reino Unido salieron a la luz sus supuestas conspiraciones para envenenarlo o secuestrarlo. Durante un registro en la casa del director de la empresa de seguridad, la policía encontró dos pistolas con los números de serie borrados.

Ninguna de estas informaciones me sorprende, pero como madre, me pregunto cómo asimilarlas. Quiero que nuestros hijos crezcan con convicciones tan claras como las que tenía yo cuando era niña. El peligro está al otro lado de la frontera con Sudáfrica. Quiero que crean que el trato injusto no se tolera en las democracias maduras. En la Universidad de Oxford me sentía orgullosa de encontrarme en el corazón intelectual de la democracia más madura de todas.

Nuestra familia no es la única que sufre con la violación de los derechos de Julian. Si nosotros y los abogados de mi compañero no estamos a salvo, nadie lo está. El presunto responsable de haber ordenado que se robase el ADN de Gabriel es Mike Pompeo, que el mes pasado amenazó a las familias de los abogados que trabajan en la Corte Penal Internacional. ¿Por qué? Porque el tribunal había tenido el atrevimiento de investigar presuntos crímenes de guerra estadounidenses en Afganistán. Los mismos crímenes que Julian sacó a la luz a través de WikiLeaks, y por lo que Estados Unidos quiere encarcelarlo.

Hay que liberar a Julian de inmediato. Por él, por nuestra familia, y por la sociedad en la que todos queremos que nuestros hijos crezcan.

 

 

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